Tontos, tontitos, tontetes

 

Vaya por delante que quien suscribe es, desde tiempos inmemoriales, asiduo oyente de radio deportiva nocturna. Desde mi ya lejana pubertad, con el “tranzistó” debajo de la almohada para no molestar al respetable que pretendía dormir, las noches se han llenado de un sonido que iba deviniendo en ruido confuso hasta que, indefectiblemete, el sueño me vencía.

Fui, como la mayor parte de los españoles de finales de los ochenta, asiduo oyente de José María García, el Butano, aquel que cantaba y contaba las verdades del barquero, que nos ponía en antecedentes de que el rumor siempre es la antesala de la noticia, que nos llamaba la atención haciéndonos fijar la vista en el dato, que vendía sus filias y sus fobias con total naturalidad, como si se lo estuviese contando a alguien de su entera confianza. Así, comencé a tener como algo mío a gente como Pablo, Pablito, Pablete (Pablo Porta), el Pedrusquete (José Luis Roca), el caduco y trasnochado caballerete del pelo blanco (Ramón Mendoza, presidente del Real Madrid, que pasó de ser Don Ramón, compañero de mus, a convertirse en el cantamañanas que iba a dejar el Madrid como un solar), el minilehendakari de las Ramblas (José Luis Núñez), el Rapsoda Homérico (Jorge Valdano), King Kong (Jesús Gil y Gil, que juró echar a García de España), el vizconde de Brunete (José Ramón de la Morena, su gran rival en las ondas nocturnas) y tantos otros, teniendo además en cuenta que los directivos de nuestro fútbol eran maestros del buen comer y catedráticos del mejor beber, capaces de beberse el Nilo y comerse al Niño Jesús, mientras que el mundo de fútbol (y el deporte en general) estaba plagado de chiquilicuatres, lametraserillos, chupópteros, abrazafarolas, cantamañanas y correveidiles del tres al cuarto.

Las noches se plagaban de coletillas que pasaron al subconsciente colectivo y que aún no se han olvidado: el tiempo, ese juez insobornable que da y quita razones; ojo al dato, el halago debilita, por activa y por pasiva, en rigurosa primicia informativa, árbitro hogareño… y tantas otras. Memorable fue la mañana en que me disponía a hacer mi primer examen de Selectividad en que, tras su diatriba contra Mendoza, acabó sentenciándole “Ramoncín, y en tu culo, un futbolín”.

Viene este ejercicio de memoria a colación del lamentable espectáculo que tuve ocasión de escuchar hace unas noches, en la tertulia de “El programa de las Doce”, de la Cadena Cope, done una serie de juntaletras (casi ajenos a la bendita profesión a la que aludia con frecuencia García) se enzarzaron en una discusión bizantina donde parecía que lo único que importaba eran los decibelios y en la que cada cual intentaba gritar más que el otro. Al más puro estilo de los programas de la telebasura a la que en esta España nuestra somos tan aficionados para mayor solaz y alegría de los cuatro listillos que medran a nuestra sombra. Al final, no vencido por el sueño sino por la indignación, decidí apagar la radio y concentrarme en pensamientos más edificantes, echando la vista atrás y recordando aquellos tiempos en los que García, y solo García, era quien nos cantaba y contaba las verdades del barquero.

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